viernes, 16 de enero de 2009

Canción triste de una caravana

Videos de coches chocando en la televisión vieja de la salita. Con el resto de luces apagadas un arco iris catódico forma sombras caprichosas en las batientes mejillas del gordo que ronca hundido en el sillón. El sonido crujiente de los altavoces se entrecruza con el concierto de ronquidos que tanto se eleva hasta llegar a niveles alarmantes como se aletarga hasta parecer que desaparece. En realidad siempre termina volviendo.

Una cerveza reposa vacía sobre el suelo forrado de plástico. La puerta de la caravana está abierta y la mosquitera desvencijada crea una malla en el suelo a partir de la luz de la farola que ilumina el jardín.

El gordo, que para nosotros carece de nombre propio, descansa tras un día agotador en la fábrica de latas. Ha caído rendido nada más terminar su cena congelada. Sólo ha tenido fuerzas para besar rápidamente a su mujer en el quicio de la puerta antes de dejarse caer en el sillón. Se está quedando calvo y ahora lleva una gorra casi todo el día.

La mujer de pelo teñido es algo más joven que el gordo pero está desgastada y su maquillaje recargado no ayuda. Se siente sola en la caravana y encerrada en sí misma. Tiene la extraña sensación de haber dejado pasar algo a lo que debería haberse aferrado.

Hoy sólo ha recalentado comida en el microondas porque está nerviosa y se ha olvidado de comprar. Está sentada detrás del biombo que divide las estancias, tratando de controlar la respiración y calmarse. Su marido ni la ha mirado cuando ha llegado. Ella casi llora de impotencia. No es un mal tipo pero grita demasiado y no la comprende, hace demasiado tiempo que no hablan. Quizá se casaron demasiado jóvenes pero ya no hay marcha atrás.

Él trabaja demasiado y ha excluido a su mujer de su vida social. Cuando llega a casa no le quedan ganas de salir a ningún lado y a duras penas consigue sonreír alguna vez a su mujer que le mira indiferente.

Ella no trabaja, su marido nunca ha querido que lo haga. No se da cuenta de los días monótonos y vacíos que se ve obligada a vivir. Pasea por el camping de caravanas cruzándose con una marea de mujeres iguales a ella. Está harta pero ahora tiene el firme interés de escapar a la dinámica que la mantiene presa.

Oye los ronquidos de su marido que no se despertará en horas y que ya no merece su compañía.

El gordo ya no sabe lo que es la tristeza, su vida de supervivencia ha desterrado cualquier sentimiento no instintivo. A veces recuerda el amor de juventud y entonces piensa en hacer algo por su mujer. No sabe por que, pero al final siempre acaba sin hacer nada. Espera poder cambiar algún día.

Una piedra pequeña golpea el cristal trasero de la caravana y la mujer bota en la cama de muelles mientras los músculos del cuello se contraen en un rictus de tensión. Tiene ganas de orinar pero no es el momento.

Fuera espera el chico de la gasolinera que no tendrá más de veinte años. Tiene aparcada su furgoneta cerca, con el motor encendido y las luces apagadas.

La mujer tiene un lío con el joven desde hace un par de meses. Se siente culpable siempre que ve a su marido repostando gasoil y teme ser descubierta. Su estómago se retuerce y quiere correr en círculos, aunque por fuera permanezca impasible.

Todo empezó por casualidad, consecuencia de tantas horas libres. Es mejor no abundar en el tema, no tiene importancia alguna. El problema no está en cómo empezó sino en su desarrollo. En realidad la mujer no se siente atraída por él. Tiene pocas luces pero buen cuerpo, y al menos es una alternativa a su marido. Además le ha proporcionado la mejor opción de fuga hasta el momento.

Ya no sabe si siente algo por su marido y cree que él la quiere más como sirvienta que como mujer. De todos modos hace demasiado tiempo que en la caravana no se escucha un te quiero, al menos uno sentido. No uno de esos que se usan como saludo en un matrimonio, carentes de profundidad real.

No escribe una nota de despedida. Se lleva toda su ropa y sus joyas, deja la alianza en la mesita. Cree que con eso es suficiente. Deja sin querer una lágrima en la almohada mientras se escurre por la pequeña ventana.

Evita mirar atrás, en todos los sentidos. El chico la besa y sabe a tabaco. La abraza con sus manos callosas que raspan, y ella siente que todo es incierto. Empieza a perder la esperanza a medida que sus pasos se hunden en la grava. Él está pletórico. Ella sabe que está vacío. Se merece mucho más que eso, pero sin autoestima es difícil elegir.

El gordo sueña con playas y vacaciones en su butaca embrutecida. Ahora está solo, de una forma que puede no ser capaz de asimilar. Nunca sabrá ciencia cierta que no trabajó lo suficiente su amor.

Ella ya se aleja por la carretera oscura y suspira. Su cardado rubio se descompone por el viento de la ventanilla abierta. A su lado unas manos grasientas sujetan el volante. Si tan sólo encontrase alguien sensible que supiera abrazar y escuchar.

Casi es de día y el gordo se despierta. Se arrastra hasta la habitación con dolor de espalda. Sólo ve las sábanas deshechas y tarda en comprender la situación. El anillo es revelador.

Todo da vueltas y se sienta en el suelo. Sabe que se ha ido sin necesitar que se lo confirmen, sabe que todo se ha acabado. Tantas cosas por su cabeza que es imposible enumerarlas. Llora, no había llorado desde su propia boda. Llora y gimotea libre de máscaras. Está solo y se lo merece. El la quería, no se lo dijo lo suficiente. Ella lo quería pero estaban demasiado lejos.

Por primera vez en años están juntos. Ambos lloran a la vez.