lunes, 1 de marzo de 2010

Una pincelada de letras 2

Marc Chagall, El Paseo 1917



Le había prometido la luna.

Pero de verdad. Sin eufemismos.

Se la daría. Ya solucionaría los detalles.

Se la regalaría por el aniversario. Toda para ella.

Especialmente la cara oculta. Los selenitas serían sus súbditos.

No se encomendó a Dios o al Diablo. Todo se consigue con fuerza de voluntad.

Lanzó una soga y no la atrapó. Fabricó el mayor imán posible pero no era magnética y allí se quedó.

Pero si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. La ilusión mueve montañas.

Con nueva perspectiva desafió la gravedad. Se llevó un picnic en una cesta.

Iban los dos preciosos, impolutos y ansiosos por transgredir la ley física.

Bebieron vino, y después de la siesta ella se sintió algo más ligera.

Saltaba cada vez más alto. La falda se meneaba sobre la brisa.

Él la sujetaba como un globo. La luna estaba más cerca.

A través de la felicidad de ella, él también fue liviano.

Saltaban los dos sobre la hierba. Sobre las nubes.

Suaves y esponjosos. Sonrientes.

Le había prometido la luna.

Se la regaló. Para los dos.

Para ella.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Una pincelada de letras 1


Edward Hopper (American, 1882-1967)
Morning in a City, 1944


En una ciudad de road movie, con calles anchas y desiertas, enmarcadas por edificios bajos de ladrillo y parquímetros plantados como áridos árboles de desierto. En una ciudad de costumbres, con una iglesia, una escuela y un ultramarinos. En una ciudad con borracho del pueblo y antigua estrella del deporte.

En un nombre perdido en un cartel estatal.

En la triste y pervertida habitación del único motel. En la cama de los amores furtivos secretamente comentados bajos nubes de polvo y obstinación. En un murmullo grisáceo y con olor a mostaza. Entre las sabanas sometidas por costumbres y errores.

Allí.

Allí se esconde la mujer de pelo naranja. Bajo el peso de la nostalgia reconoce la tristeza de Thelma y se enfada con Louise.

El sol calienta en septiembre y ella pasa del hervor al hielo mientras el sol se aleja cada vez más hacia el oeste.

A la sombra del desierto puede ver como los recuerdos persiguen incansables y no conocen la sed ni el hambre.

En una ciudad sin nombre, con un perro callejero y un coche extraño a la puerta del motel.

martes, 2 de febrero de 2010

Tu madre Doctor Vilches

Doctor 1


...sin embargo el caso de este sujeto es extremadamente peculiar y hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar otro igual. Nos tiene fascinados. Incluso hay quien se pierde a propósito por los pasillos del hospital para echarle un vistazo. Su degeneración es espectacular.


Doctor 2


Perdone,ha olvidado explicarnos en que consiste su dolencia.


Doctor 1


Debería saberlo si ha leído mi libro. El paciente ha perdido el habla. Sin más. Sin causa medica ni psicológica identificable. Simplemente sus cuerdas vocales dejaron de funcionar. El paciente, al que a partir de ahora llamaremos por su seudónimo hospitalario Harpo, alude que no tiene nada que decir, y que por ello no puede hablar.


Doctor 3


¿Como puede aludir algo? Si ha dicho que no puede hablar.


Doctor 1


Pues por escrito hombre, por escrito. Otro que no se ha leído mi libro. Voy a terminar pidiendo que levante la mano quién SÍ lo haya leído, o al menos comprado. No miren el cuello de las camisas que les delata y mejor volvamos al caso antes que me sulfure.


Harpo no ha abandonado la expresión oral de forma voluntaria. Ha sido un proceso rápido pero gradual. Pasó de mantener eternos soliloquios a responder únicamente a las preguntas que se le formulaban, de ahí a contestar tan sólo con afirmaciones y negaciones monosilábicas terminado por caer en el más absoluto silencio. Nos ha relatado sus intentos por hablar y como eventualmente luchó contra el hastío de las conversaciones repetidas y vacías de contenido ante el que finalmente sucumbió.


Doctor 2


¿Y no se enfada cuando lo llama Harpo?


Doctor 1


Al principio sí, claro. Ahora ya sólo consigue mirarme con ligero desdén.


Doctor 2


A usted también se le da bien eso de mirar con desdén.


Doctor 1


Una impertinencia más... en fin. La situación es tan extrema que ahora el paciente incluso ha perdido la capacidad de escribir. Lo curioso es que ni psiquiatras ni otorrinos han conseguido detectar anomalías. Y sin embargo tampoco puede emitir gritos de dolor. Lo hemos probado.


Doctor 3


¿Y con música clásica?Creo haberlo visto en una película.


Doctor 1


Esto es la vida real, déjese de fantasías.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Y por fin el lobo se merendó a Caperucita

Demasiado tarde

¡Tarde, tarde, TARDE!

No era culpa suya, eso lo sabía. Se había limitado a mantener los ojos abiertos de forma completamente inocente, y sin previo aviso ¡Bam! Ahí estaba el detonante, ante sus ojos, en la pantalla. Nadie más lo vio, o al menos nadie se fijó o lo interpretó en el mismo sentido que Gloria. Al contrario, toda la habitación se mondó de risa con la ocurrencia y nadie interpretó el rostro gélido de la mujer como una expresión de horror.

Una cinta casera con marcas por haber sido grabada una y otra vez. Un vhs, un instrumento obsoleto y grande que venía desde tiempos analógicos a llevar la agonía a la frágil conciencia de Gloria.

En realidad, y visto sin pasión, no era para tanto, pero a ella le había abierto los ojos. Quizá era demasiado inocente para haberse dado cuenta antes. La grabación tendría apenas un año, todo el mundo en la oficina estaba prácticamente igual en la actualidad. Ella había llegado después y suponía el único cambio en la composición. También sobraba alguien, el anterior ocupante de su puesto. Hasta conservaban las plantas mustias de la esquina en el mismo estado.

Adoraba su lugar de trabajo, desde su llegada se había encontrado gente amable y trabajadora y jamás había oído un grito desairado en la sala. A ella siempre la habían tratado de forma protectora y afectiva.

Y de golpe aquella grabación de la cámara de seguridad escondida en uno de los cajones del archivador gris.

Inmediatamente se fijó en quien había ocupado su mesa. Al principio del video todos estaban trabajando en sus ordenadores sin apenas levantar la vista. El tipo tendría unos treinta años y un traje pasado de moda, gafas de pasta y una botella de agua mineral. Estaba quedándose calvo. La mesa estaba cubierta de papeles y aún así perfectamente ordenada.

Parecía un día cualquiera.

No quería irse de allí como lo había hecho el hombre del traje pasado de moda.

Era un buen trabajo. Había llamado a su madre para hablarle de los maravillosos compañeros con los que se había encontrado.

Sin embargo, debería haber esperado un poco más.

No necesitaba volver a ver la cinta para recordar cada uno de los detalles, y aún mas importante era la honda impresión que le había causado.

Que el hombre era frágil se veía ya observando la postura encorvada con la que se enfrentaba a la mesa de trabajo, como queriendo ocupar menos espacio, y con la ausencia total de elementos decorativos. Quizá tuviese una foto de familia guardada bajo llave en el cajón.

El ambiente de la oficina que había visto en el video estaba enrarecido por una tensión muda y expectante que se cernía como una ola sobre el pobre hombre. Una de sus compañeras de trabajo, la que había pasado a visitarla cuando se quedó en casa con gripe, se levantó de la silla a la señal del grupo que ocupaba las mesas de administración. De manos del encargado de comunicaciones recibió una máscara de látex que imitaba la cara del hombre lobo y una bocina como las que se llevan al fútbol. La imitadora femenina y sibilina de Paul Naschy avanzó entre las mesas. El pobre hombre, tan concentrado en sus papeles no se daba cuenta de los cuchicheos y risas ahogadas. Era el único que trabajaba, una hormiguita perdida en un picnic.

No tenía la menor idea.

Tan incauto, tan tranquilo con su calva incipiente viendo venir el desastre.

La chica llegó a colocarse a una distancia en la que una respiración profunda habría producido un respingo en los pelos del cuello del hombre. Se encogió un último momento, conteniendo la risa y accionó con todas sus fuerzas el muelle de la bocina.

Y se hizo el ruido, y el silencio, y de nuevo el ruido. Agudo y obsceno, casi de sacrificio. El hombrecillo agitó sus manos dedicortas pareciendo una feligresa en un concierto de gospel. Gritaba poseído por el pánico primigenio que sólo acecha donde uno se siente seguro. De pronto sus manitas buscaron la entrepierna y cubrir los estragos urinarios del acceso de pánico aunque demasiado tarde. Se había meado encima. Y estaba al borde de las lágrimas. Después se hizo la histeria generalizada. Risas agudas y mas obscenas que los chillidos del hombre. El tipo se encogió en si mismo y huyó como pudo a zancadas cortas y desacompasadas.

Cuando se cortó la cinta aún se estaban desternillando. Al otro lado de la pantalla todos reían.

miércoles, 15 de julio de 2009

Corre conejo (sin cabeza)

Ahí está, sentado en un banco del parque con las piernas arqueadas y la mirada perdida entre los arbustos sin decir ni mu. Con el ruido de los coches en la calle de al lado, con los ladridos de los perros, los aleteos de las palomas, las voces de los niños que juegan a fútbol, el grito de una madre que ve a su hijo encaramado al columpio... y él sigue callado, perdido en la orquesta diaria de una ciudad.


Como si jamás hubiera roto un plato.


Ahora está ayudando a cruzar la calle a una anciana que camina con dos bastones y está tan encorvada que parece una L inversa. El sólo sonríe y saluda con la mano antes de desparecer entre la multitud.


Su madre cree tener al mejor hijo del mundo.


En una cafetería escucha paciente y sin interrumpir los problemas de una amiga, afectada de mal de amores. Siempre le confía sus secretos, sabe escuchar y poca gente lo hace en la actualidad. El alarga la mano hasta aferrar la de su amiga, sin buscar aprovechar la intimidad, sólo transmitiendo el cariño de un amigo, un compañero.


Ella agradece cada día tener un amigo así.


Pero algo ocurre de golpe, mientras camina por una conocida calle comercial, un coche abre la ventanilla y alguien con la cabeza asomada grita:


-¡Cabrón! ¡Así te corten la lengua!


Y luego sigue su camino.


Le pasó algo parecido ayer en la cola del supermercado, y el otro día en clase en la universidad. No lo entiende. Es bueno, se preocupa por sus amigos, por los desconocidos, por los animales, no alimenta la discusiones... y aún así un variopinto sector de anónimos personajes de la calle se caga en todos sus muertos a gritos en cualquier situación. Y nadie se lo explica.


Pero hay algo detrás. Algo que sus amigos no cuentan por conmiseración, porque no pueden echar nada en cara a alguien que daría la vida por ellos, algo que no parece tan terrible. Y sin embargo lo es. Él es el instigador, el terrible disidente del silencio. El terror de la atención. Él es el que cuando se apagan las luces del cine se ríe a mandíbula batiente incluso en los dramas más penosos. El que comenta al resto de la sala el argumento de la película. El que no come palomitas, las tritura, y cuela las piernas entre los asientos delanteros. Él te obliga a comprarte un DVD, a ir a las sesiones menos concurridas, a morderte los nudillos cuando lo que deseas es levantarte y hacerle comer la chaqueta.


Y aún así, te sonreirá cuando vuestras miradas se crucen.

jueves, 21 de mayo de 2009

Hoy las plañideras callan
y lloran las esquinas
huérfanas de gabardinas grises,
esperando en la tarde.

Los semáforos guardan luto
con tres luces negras
y las zebras galopan
silenciosas bajo los coches.

Las gaviotas vuelan silenciosas
circundando el parque
bajo los buitres
que miran desde lo alto.

domingo, 26 de abril de 2009

El pianista, versión cuento

Hace frío porque ya está avanzado el otoño pero la noche es clara y las estrellas brillan aisladas en el cielo. Nosotros estamos en un callejón del centro de la ciudad ocupando la habitual posición de narrador omnisciente.

Un barril oxidado de metal a modo de chimenea es la única iluminación artificial del lugar, también hay una bombilla en la puerta trasera del club pero lleva meses fundida y hasta ahora nadie se ha preocupado de cambiarla. Arrimado al calor del barril está el viejo pianista que se frota las manos enguantadas.

Sus dedos, fueron los más ágiles de la ciudad y ahora están temblorosos y llenos de pecas, incapaces de abrochar los botones del esmoquin con soltura. Sus manos retorcidas, las que un día fueron sustento y gracia, son las que lo han relegado a su situación actual. Al menos es lo que el viejo pianista piensa siempre que mira sus rígidos dedos con horror. Olvida la bebida y el desorden, las noches eternas de droga y jazz, los corazones rotos y las puñaladas por la espalda, prefiere culpar al malvado destino.


La caída es rápida cuando uno está embadurnado de mugre y hay demasiada gente dispuesta a dar un empujoncito. El viejo pianista recibió el castigo que otros consiguen obviar.


Tiene una caseta de cartón al fondo del callejón empapelada de carteles de actuaciones y fotografías amarillentas. En una de ellas aparece junto a Sinatra, con el que llegó a tocar en su visita a la ciudad. Son el único recuerdo de una gloria perdida, olvidada por todos. Llegó a estar cerca del cielo, pero no tanto como para quedar en la memoria colectiva. Ese fue su error y se lamenta todas las mañanas grises en las que ve salir a los últimos clientes del club.


Ha decidido vivir en el callejón al que da la puerta trasera del local en el que solía trabajar. Espera inocentemente que un día el mundo recobre su rumbo y vuelva a sentarse detrás del piano negro de cola, del que arrancaba los mayores aplausos. Mientras espera bebe sorbos cortos de su botella de ron. Le ayuda a mantenerse tranquilo mientras llega su momento.


De vez en cuando la puerta se abre y ecos de canciones conocidas reverberan en el callejón. En esos momentos el pianista no puede evitar que una lágrima melancólica en clave de sol recorra los surcos resecos de su cara. La realidad entonces golpea con su puño de asfalto y el pianista sabe que no va a volver, que su esmoquin no recuperará el brillo ni sus manos la brillantez de antaño, entonces vuelve a su botella de ron y bebe tragos más largos y profundos.


Dentro, en un pasillo hay una foto suya, pero nunca llegará a verla.