
Morning in a City, 1944

Doctor 1
...sin embargo el caso de este sujeto es extremadamente peculiar y hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar otro igual. Nos tiene fascinados. Incluso hay quien se pierde a propósito por los pasillos del hospital para echarle un vistazo. Su degeneración es espectacular.
Doctor 2
Perdone,ha olvidado explicarnos en que consiste su dolencia.
Doctor 1
Debería saberlo si ha leído mi libro. El paciente ha perdido el habla. Sin más. Sin causa medica ni psicológica identificable. Simplemente sus cuerdas vocales dejaron de funcionar. El paciente, al que a partir de ahora llamaremos por su seudónimo hospitalario Harpo, alude que no tiene nada que decir, y que por ello no puede hablar.
Doctor 3
¿Como puede aludir algo? Si ha dicho que no puede hablar.
Doctor 1
Pues por escrito hombre, por escrito. Otro que no se ha leído mi libro. Voy a terminar pidiendo que levante la mano quién SÍ lo haya leído, o al menos comprado. No miren el cuello de las camisas que les delata y mejor volvamos al caso antes que me sulfure.
Harpo no ha abandonado la expresión oral de forma voluntaria. Ha sido un proceso rápido pero gradual. Pasó de mantener eternos soliloquios a responder únicamente a las preguntas que se le formulaban, de ahí a contestar tan sólo con afirmaciones y negaciones monosilábicas terminado por caer en el más absoluto silencio. Nos ha relatado sus intentos por hablar y como eventualmente luchó contra el hastío de las conversaciones repetidas y vacías de contenido ante el que finalmente sucumbió.
Doctor 2
¿Y no se enfada cuando lo llama Harpo?
Doctor 1
Al principio sí, claro. Ahora ya sólo consigue mirarme con ligero desdén.
Doctor 2
A usted también se le da bien eso de mirar con desdén.
Doctor 1
Una impertinencia más... en fin. La situación es tan extrema que ahora el paciente incluso ha perdido la capacidad de escribir. Lo curioso es que ni psiquiatras ni otorrinos han conseguido detectar anomalías. Y sin embargo tampoco puede emitir gritos de dolor. Lo hemos probado.
Doctor 3
¿Y con música clásica?Creo haberlo visto en una película.
Doctor 1
Esto es la vida real, déjese de fantasías.
Ahí está, sentado en un banco del parque con las piernas arqueadas y la mirada perdida entre los arbustos sin decir ni mu. Con el ruido de los coches en la calle de al lado, con los ladridos de los perros, los aleteos de las palomas, las voces de los niños que juegan a fútbol, el grito de una madre que ve a su hijo encaramado al columpio... y él sigue callado, perdido en la orquesta diaria de una ciudad.
Como si jamás hubiera roto un plato.
Ahora está ayudando a cruzar la calle a una anciana que camina con dos bastones y está tan encorvada que parece una L inversa. El sólo sonríe y saluda con la mano antes de desparecer entre la multitud.
Su madre cree tener al mejor hijo del mundo.
En una cafetería escucha paciente y sin interrumpir los problemas de una amiga, afectada de mal de amores. Siempre le confía sus secretos, sabe escuchar y poca gente lo hace en la actualidad. El alarga la mano hasta aferrar la de su amiga, sin buscar aprovechar la intimidad, sólo transmitiendo el cariño de un amigo, un compañero.
Ella agradece cada día tener un amigo así.
Pero algo ocurre de golpe, mientras camina por una conocida calle comercial, un coche abre la ventanilla y alguien con la cabeza asomada grita:
-¡Cabrón! ¡Así te corten la lengua!
Y luego sigue su camino.
Le pasó algo parecido ayer en la cola del supermercado, y el otro día en clase en la universidad. No lo entiende. Es bueno, se preocupa por sus amigos, por los desconocidos, por los animales, no alimenta la discusiones... y aún así un variopinto sector de anónimos personajes de la calle se caga en todos sus muertos a gritos en cualquier situación. Y nadie se lo explica.
Pero hay algo detrás. Algo que sus amigos no cuentan por conmiseración, porque no pueden echar nada en cara a alguien que daría la vida por ellos, algo que no parece tan terrible. Y sin embargo lo es. Él es el instigador, el terrible disidente del silencio. El terror de la atención. Él es el que cuando se apagan las luces del cine se ríe a mandíbula batiente incluso en los dramas más penosos. El que comenta al resto de la sala el argumento de la película. El que no come palomitas, las tritura, y cuela las piernas entre los asientos delanteros. Él te obliga a comprarte un DVD, a ir a las sesiones menos concurridas, a morderte los nudillos cuando lo que deseas es levantarte y hacerle comer la chaqueta.
Y aún así, te sonreirá cuando vuestras miradas se crucen.
Hace frío porque ya está avanzado el otoño pero la noche es clara y las estrellas brillan aisladas en el cielo. Nosotros estamos en un callejón del centro de la ciudad ocupando la habitual posición de narrador omnisciente.
Un barril oxidado de metal a modo de chimenea es la única iluminación artificial del lugar, también hay una bombilla en la puerta trasera del club pero lleva meses fundida y hasta ahora nadie se ha preocupado de cambiarla. Arrimado al calor del barril está el viejo pianista que se frota las manos enguantadas.
Sus dedos, fueron los más ágiles de la ciudad y ahora están temblorosos y llenos de pecas, incapaces de abrochar los botones del esmoquin con soltura. Sus manos retorcidas, las que un día fueron sustento y gracia, son las que lo han relegado a su situación actual. Al menos es lo que el viejo pianista piensa siempre que mira sus rígidos dedos con horror. Olvida la bebida y el desorden, las noches eternas de droga y jazz, los corazones rotos y las puñaladas por la espalda, prefiere culpar al malvado destino.
La caída es rápida cuando uno está embadurnado de mugre y hay demasiada gente dispuesta a dar un empujoncito. El viejo pianista recibió el castigo que otros consiguen obviar.
Tiene una caseta de cartón al fondo del callejón empapelada de carteles de actuaciones y fotografías amarillentas. En una de ellas aparece junto a Sinatra, con el que llegó a tocar en su visita a la ciudad. Son el único recuerdo de una gloria perdida, olvidada por todos. Llegó a estar cerca del cielo, pero no tanto como para quedar en la memoria colectiva. Ese fue su error y se lamenta todas las mañanas grises en las que ve salir a los últimos clientes del club.
Ha decidido vivir en el callejón al que da la puerta trasera del local en el que solía trabajar. Espera inocentemente que un día el mundo recobre su rumbo y vuelva a sentarse detrás del piano negro de cola, del que arrancaba los mayores aplausos. Mientras espera bebe sorbos cortos de su botella de ron. Le ayuda a mantenerse tranquilo mientras llega su momento.
De vez en cuando la puerta se abre y ecos de canciones conocidas reverberan en el callejón. En esos momentos el pianista no puede evitar que una lágrima melancólica en clave de sol recorra los surcos resecos de su cara. La realidad entonces golpea con su puño de asfalto y el pianista sabe que no va a volver, que su esmoquin no recuperará el brillo ni sus manos la brillantez de antaño, entonces vuelve a su botella de ron y bebe tragos más largos y profundos.
Dentro, en un pasillo hay una foto suya, pero nunca llegará a verla.
“Diiiiiiiiing... Dooooooong”
-¿Quién es?- Respondió una voz cansada y, por lo que parecía, muy cerca de la puerta, casi con los carrillos pegados.
-Soy vendedor, ¿me puede abrir un momento?
Abrió una mujer redonda y pequeña, con una bata de flores azules cubriendo un pijama de saldo. Mostró su cabecita carente de toda gracia por la rendija de la puerta. Dejó la cadenilla puesta. El vendedor, con su traje de rayas y su maletín de imitación piel sonrió ante una presa manifiesta. Un par de minúsculos cuernos rojos parecían florecer en el pelo engominado.
-Verá, señorita, me gustaría mostrarle unos productos. A simple vista estoy seguro que le interesarán muchísimo.
-Ya tengo enciclopedia.
-No vendo enciclopedias, hablo de algo mucho más importante.
-No quiero vajillas, ni cuberterías... y mucho menos juegos de te. Tengo el que me regaló mi nuera hace dos navidades, de porcelana, con cucharitas de plata, una preciosidad oiga. Más bonito que el que les regalé cuando se casaron, hará ya diez años, aunque me de vergüenza reconocerlo. Era lo mejor en el momento, por mi marido que en paz descanse.
La mujer dio un paso atrás y meditó un padrenuestro.
-Si fuera tan amable de dejarme pasar podría explicarle mi producto. Estoy seguro de que cambiará su vida. Además, sólo por escucharme, se llevará usted un bonito obsequio.
-¿Gratis?
-Completamente, un precioso recetario.
Silencio. La puerta se cerró y volvió a abrirse, esta vez del todo.
Siguió a la mujer por un pasillo eterno y oscuro hasta un salón de muebles de caoba y sillones polvorientos. Probablemente no tuviera más de cincuenta años. Era más joven que los muebles. Había fotografías en blanco y negro por los estantes. Se sentaron alrededor de una pequeña mesa de cristal y el vendedor dejó su maletín con demasiada pompa ante la curiosa mirada de la mujer. Mantuvieron el silencio unos instantes.
-Tengo algo especial para usted, no es barato, eso por delante, pero también le aseguró que jamás le habrán ofertado algo parecido. ¿Me puede decir su nombre?
-Conchita.
-Conchita, dígame, ¿que le hace infeliz?
-¿La guerra y el hambre en el mundo?
-No diga esas cosas, ¿qué la hace infeliz a USTED?
-Pues no se hijo. Los años, la soledad, esta gordura que no me deja mover, los años perdidos, el ruido de la olla express, los peligros de la modernidad, la angustia de no saber que viene después, el precio de la fruta, los hijos que se fueron, el dolor de rodillas, el sillón con los brazos desgastados, los besos sin amor...
-A eso me refiero- El vendedor cortó el imparable chorro de Conchita que en aquel momento estaba empezando a pillar carrerilla- Tengo una solución para usted. Es parcial, no servirá para siempre ni para todo, pero de algo servirá. Tiene resultados garantizados, los estudios privados de la empresa lo avalan.
-No me tenga en ascuas, ¿que vende?
-Humo, vendo humo- Esperó, sabía mantener los silencios dramáticos- No del literal, simplemente vendo ilusiones. No le prometo solucionar sus problemas, de hecho es probable que no tengan solución y sólo pueda llegar a convivir con ellos.
Conchita no sabía que pensar, pero sólo imaginar la ilusión tenía su encanto. Además, le gustaba el traje del vendedor.
-Lo que yo le puedo dar es la posibilidad de que, al menos por un tiempo, pueda pensar que sus problemas se van a solucionar, que va a ser feliz. No olvide que la verdadera y eterna felicidad no se puede vender.
-¿Y eso me va a solucionar algo?
-Claro, del todo. La mayoría de la población, según las encuestas, no llega ni a bordear la felicidad. Saben que sus miserias no tienen solución y eso les atenaza. Yo le garantizó que creerá que puede ser feliz. Los productos anticalvicie se venden, aún a sabiendas de su inutilidad, eso es vender ilusión. Yo voy más allá, cubro todo su espectro de angustias, sólo tiene que anotarlas en esta lista...tómese su tiempo...
-¿Y si necesito más papel?
-Tengo una libreta entera.Firme aquí y en una semana recibirá su paquete por mensajería.
-Muchas gracias caballero.
-No olvide, doña Conchita, que ya puede empezar a ilusionarse con la llegada del encargo.
-Es verdad, estoy impaciente.
-¿Ve cómo funciona?